Los Corredores

rojo

Era lo más horrible que había visto y pronto sería lo más horrible que había sentido. El calor de la ciudad le recordaba que a pesar de los edificios, esto hace poco fue un campo. Vio a sus vecinos morir frente a sí. Sacados arrastrados desde sus pórticos hasta la acera. Pensó entrar a su casa pero sus piernas no quisieron. Su mente fue invadida por la ira y la confusión. ¿Qué estaba pasando?.  Esto no era un atraco; era una matanza. No terminó de entender lo que pasaba pero echó a correr. Las hordas estaban a  dos cuadras de él. Escuchaba los gritos y algún tipo de música tropical. Aquel par de camionetas tenían unos bajos muy fuertes, pensó. En realidad no eran ningunos bajos, eran los rifles. Las armas reafirmaban su poder al ritmo de la charrasca. Entre la confusión nadie lo vio correr. Había salido a comprar el periódico para revisar si alguien estaba vendiendo un carrito decente en la parte de los clasificados. Usaba unas bermudas y una franelilla. Ahora estaba descalzo, pues había perdido sus sandalias en un hueco. No era ninguna escena romántica de acción; su pelo no volaba contra el viento, se lo había cortado casi al ras ayer. No era tampoco un héroe corriendo de una explosión. No tenía músculos pues no trabajaba en el campo ni iba a gimnasios. No había chica que rescatar. Estaba huyendo. Algunos dirían que fue una acción cobarde, pero nadie es valiente frente a una escopeta.

Corrió en una misma dirección. Corrió tanto que dejó de escuchar a los moribundos. Se alejó de la muerte dejando su vida atrás. Su casa ahora estaba en manos de esa horda. Todos sus recuerdos. Todo lo que lo hacía persona. Su identidad ahora estaba probablemente prendida en fuego. Ahora era un simple corredor. Tenía suerte de no ser negro, pues lo habrían confundido con un ladrón. Lo cierto es que corría como un delincuente. Corría como quién escapa del castigo. Se dice que la justicia cuando es efectiva llega y te saca de tu casa a patadas.

¿Habría enfrentado el mismo destino de mis vecinos si me hubiera quedado?. ¿Estaría muerto?. ¿Qué hice yo?. ¿Qué hicieron ellos?.

Eso no lo sabía. Pero sabía que no era el único. Cuanto más corría más personas se unían en una especie de magnetismo de la supervivencia. Cada cuanto miraba atrás y veía a la ciudad ardiendo. Los corredores no se conocían, pero ya tenían un vínculo que los unía bajo una misma bandera: eran marginales. Vivían al margen de alguna ley salvaje. El otro bando también tenía un vínculo en común, ellos mismos lo habrían creado. El rojo los unía. Corrió media ciudad y se detuvo.

Miró al grupo que había liderado durante los últimos quince minutos. Debían ser unas diez personas. Trató de hablar pero solo salió una onomatopeya.

-¿Cak je?.

-Soy José –dijo jadeante un joven de pelo largo que al parecer había entendido la onomatopeya.

Todos se presentaron como si estuvieran en una reunión social. La educación era lo único que los aferraba a la realidad que conocían. Porque el país en el que vivían dejó de existir cuando le dieron un palazo en la cabeza a la señora de la casa de al lado. Siempre se pensó que no iba a pasar, que no iba a llegar tan lejos.

Pecaron al creer que aquellas turbas violentas eran humanas.

Ese día se perdió toda humanidad. Nadie se dio cuenta de que no era culpa de un individuo. La masa absorbió a los individuos hasta que sus personalidades quedaron ocultas tras sus consignas. No importaba nada. No importaba cuantos títulos universitarios tenías. No importaba cuántos libros de derecho internacional te habías leído. No importaba cuánto despreciabas al autoritarismo. No importaba nada pues no eras nada. Eras parte de la masa; y más importante: la masa era parte de tí.

No tardó mucho antes de que alguien hiciera la pregunta obvia.

-¿Qué hacemos ahora?.

Las miradas de todos se posaron sobre el hombre descalzo. Iba a abrir la boca para decir la temida respuesta, ¨no sé¨. Por suerte nunca tuvo que defraudar a esas personas.

-Correr.

En el horizonte se asomaban los escuadrones de exterminio (por fin les había podido dar nombre). Eran tren camionetas de carga llenas a más no poder de seres que hace mucho dejaron de ser personas. Los gritos comenzaron a ser ladridos. Ahí venían los perros por ellos. La jauría armada.

¿Alguna vez has sentido miedo?, miedo verdadero. ¿Alguna vez te has olvidado de todo para concentrarte en sobrevivir?. La gente no suele estar consciente de que está viva hasta que llega la muerte. ¿Alguna vez has estado cerca de morir?. Tiemblas, te ves patético, animal. No vales nada en ese momento. Te sientes estúpido cuándo notas que todos los muertos son iguales. Que no importa cuánto hayas trabajado en tu vida. Una bala se va a llevar por el medio a todos tus logros. ¿Algunas vez te has sentido insignificante?.

Corría, corría. Decidió ignorar los tiros porque no quería darse cuenta de que cada vez iban siendo menos los corredores. Cada uno iba cayendo. Las calles estaban desiertas. Era como si ese domingo, toda la ciudad estuviera dormida. Él seguía corriendo. Esquivaba escombros. Sintió un torrente de calor en su pierna derecha. No le dio mucha importancia. Estaba seguro de su muerte. A pesar de eso, nunca se sintió tan vivo. Corría como un desgraciado cuando una ráfaga de metralleta lo partió por la mitad. Su cabeza cayó rebotando sobre el cemento y pensó que el cielo nunca se había visto tan bonito como ese día.

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