Al sol invicto

Graffiti anónimo de aquí.

Hoy hace el día más triste que he visto en mucho tiempo.

Aquí el invierno es sinónimo de lluvia. Una lluvia cobarde y traicionera. Llueve mucho, pero con poca fuerza. Discretamente, como si la propia lluvia estuviera consciente y avergonzada de estarle cagando la vida a los demás. Pueden pasar semanas enteras de esa forma. No necesariamente lloviendo, pero sí sumergidas en esa atmósfera de negatividad. Lo que nos lleva al trastorno afectivo estacional (Seasonal affective disorder: SAD), que tiene sus raíces físicas en la ausencia de una iluminación apropiada. Cualquiera que sepa algo sobre ritmos circadianos está consciente de la cantidad de reacciones hormonales que dependen directamente del ambiente. Y por otra parte, de cómo nuestra percepción se ve afectada por estas reacciones. Por poner un ejemplo, el déficit de melatonina (la cual es producida siguiendo patrones diurnos-nocturnos) conlleva como efectos psíquicos la depresión y el insomnio. Es decir, estamos hablando del origen físico de problemas que suelen ser abordados de forma abstracta y subjetiva.  Es como si tus fotoreceptores te estuvieran diciendo que hay algo que está mal, algo en el ambiente que no está bien, que hay algo que debes cambiar. “Ok, no sé qué carajo está pasando, pero así no funciona… Así que toma este montón de datos y ve cómo lo solucionas”.

La manera de solucionarlo, por supuesto, es tirarte en el sofá mirando por la ventana preguntándote qué pasaría si metes tu cabeza en la lavadora.

Luego está ese frío, ese frío que también viene de adentro. Y vienen las mañanas, las mañanas caminando y maldiciendo. Las mañanas de arrepentimiento. Las mañanas en las que todo sale mal, o nada sale bien. Pospones la hora de levantarte de cinco en cinco minutos, comienzas a mirar al celular como si fuera un enemigo. Logras dormir quince minutos más, los cuales lamentarás cuando estés llegando con quince minutos de atraso, como siempre. Lo peor es que esos quince minutos no hacen ninguna diferencia, y lo sabes. Sabes que es simplemente un placebo para tener una leve sensación de autodeterminación. De independencia ante el mundo moderno.

Vivimos en un mundo en el que rebeldía es sinónimo de dormir quince minutos más.

Sufrimiento es vivir una mañana de invierno varios meridianos a la derecha y varios paralelos arriba de tu propio corazón. Luego viene esa extraña sensación de soledad. “Los cuartos vacíos me dan mucho frío, recuerdan los ecos del alma”. Nunca se debe subestimar el poder de la autosugestión y de la relatividad. La realidad es subjetiva. Tal como demuestra un estudio que afirma que la sensación de exclusión o soledad hace que el individuo perciba al ambiente como más frío. El frío como variable tiene cierto carácter cuantificable, pero imaginen el otro cúmulo de sensaciones abstractas y personales que son directamente afectadas por nuestra interacción con el contexto. Es una bestialidad, la mayor prueba de que no existe tal cosa como la objetividad y de que todo es una cadena de acción y reacción.

¿Quién dijo que en el infierno hace calor? Y la cuestión no es si hace mucho frío, sino que siempre hace más del que debería.

Te despiertas, vas golpeando objetos accidentalmente, te cagas en la puta madre que parió a la pobre mesita. Llegas al baño, te miras al espejo, y sucede ese momento incómodo en el que simplemente dices “¿Qué fue de ti, el mio?”

Humedad tangible. Como si el mundo entero se acabara de bañar y dejara todos los vidrios empañados. Como si la humedad fuera una condición inherente a todo lo que tuviera materia. Como si todo poseyera un cuota mínima de lluvia interna. Todos acá tienen un convenio de homogeneidad increíble, todos deben ser tan grises como el color del cielo. No sé por qué le temen tanto a la lluvia, no sé por qué es tan significativo el hecho de que prefiera caminar bajo la lluvia que cargar con un paraguas. La lluvia directa y frontal redime, es sinónimo de pureza. Una imagen visual muy potente, que cuando se convierte en real, simplemente es demasiado grandiosa como evitarla.

Luego de negarme a compartir su paraguas le dije “No sé cuál es el problema de la gente con la lluvia”. Ella, respondió “la lluvia… moja”.

Não tenho medo nem das chuvas tempestivas nem das grandes ventanias soltas. Pois eu também sou o escuro da noite.  / No tengo miedo ni de las lluvias tempestivas ni de los grandes ventarrones  sueltos. Pues yo también soy lo oscuro de la noche.

Clarice Lispector.

La lluvia moja, claro que sí. Pero la actitud es impermeable. Quizás sea llevar el concepto de latinoamérica al extremo del absurdo, pero esa idea de la completa conexión con la naturaleza se mantiene presente. Todas las lluvias son los ríos, los lagos y los mares.  El orgullo sudaca de quien camina con la cabeza erguida mientras los demás esperan a que escampe. Y es que nadie puede llegar a nada en la vida si le tiene miedo a la lluvia. La lluvia tampoco es el enemigo, es triste, pero no es el enemigo. La lluvia te golpea en la cara y recuerdas tu mortalidad. Te recuerda tu intrascendencia, te remonta a otra ocasión, a las peores lluvias que soportaste. Los paraguas son peso muerto. El carácter no se moja por falta de paraguas. Puedo quizás comprender la parte de que a nadie le gusta andar mojado por ahí, pero entonces tendríamos que asumir que tienen algo que hacer en lo absoluto. ¿Qué importa si llegas a tu casa mojado? ¿Tienes algo que hacer inmediatamente? ¿Le importas a alguien? ¿A ese alguien le importará que estés mojado?

Un mundo en el que rebeldía significa no usar paraguas.

El agua posee una cualidad omnipresente admirable. No sé nada sobre mecánica de fluidos, pero tengo la firme convicción de que todo converge en algún punto. Que lo mismo da el Tejo al Guaire, el Douro al Cabriales. Que en alguna de las olas que destrozaron a Japón durante el último tsunami se encontraba un escupitajo que solté en Margarita cuando era niño.

Luego tenemos a las estrellas y al hecho de que cada humano existe gracias a la explosión de una de ellas. Cada partícula de nuestro cuerpo estuvo alguna vez flotando en el universo, formando parte de algo que ahora vemos desde lejos. Es la mayor muestra espontánea de sincronía que existe. De causa y consecuencia. Comprobando además, lo que decía Antoine Lavoisier sobre que “Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma”. Remitiéndonos a dos canciones de Jorge Drexler en un mismo párrafo, Polvo de estrellas y Todo se transforma. Ambas girando sobre el eje de la casualidad, de la belleza que nace de lo accidental. De entender la vida como una secuencia de acontecimientos sin principios ni fines delimitados. Quizás no es precisamente un círculo, pero definitivamente tampoco es un cuadrado. Y mucho menos lineal, jamás. A nadie realmente le gustaría la linealidad, el principio y el fin obvio. Somos, accidentales y dudosos, pero somos.

También hay un momento en el que el amanecer y el atardecer son exactamente iguales. Como contrapartes destinadas a vivir bajo las mismas similitudes. No importan las cosas tan distintas que representen, durante un breve momento, ambos son lo mismo. El mismo naranja, el mismo claroscuro.

El sol es vida. A veces el sol irrumpe con tanta fuerza al mediodía, que me veo transportado mágicamente a otro lugar. Nada ha cambiado, nada ha pasado, estoy en la Avenida Bolívar quejándome del metro inacabado. Incluso hago una especie de ovación, un tributo indígena. Hay algo extraño, místico incluso, en el clima. La manera en la que nos conecta y nos aleja. La forma en la que nos regresa no sólo a otros lugares sino a otros momentos. El clima rompe completamente las barreras espacio-temporales.

Me gusta saber que tú y yo recibimos el mismo sol.

Que estamos juntos, más allá de cualquier limitación. Que hay más en común que diferencias. Que siempre estaremos, inevitablemente, unidos de forma cosmológica. Todos bajo la cúpula celestial. El sol me hace sentir como si existiera algo mayor, algo en lo absoluto. Vive de manera violenta porque sabe que debe morir, no podría ser de otra forma. Es como un azote de barrio que comprende que sin importar qué tan pran sea algún día alguien le va a clavar tres pepazos, por sapo. Es un caníbal que se encuentra a sí mismo irresistible.

Black hole sun… won’t you come, and wash away the rain?
Black hole sun, won’t you come?
won’t you come?

Que el sol se convertirá en una gigante roja y se llevará todo consigo. Todo lo que hicimos, todo lo que fuimos, todo lo que una vez existió. Todos los soportes físicos, todos los registros, toda nuestra evolución. Todo lo que pensamos, callamos, gritamos. Que nada de lo que hagamos podrá cambiar el hecho de que todo tiene una fecha de expiración.

Y que así debe ser.

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8 comentarios en “Al sol invicto

  1. Muy bueno, como siempre. Dato curioso todas las células de tu cuerpo se renuevan por completo cada tres meses; cada tres meses no hay en ti una sola molécula de lo que fuiste…disturbing!

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  2. Muy patético el panorama no? sin embargo me gustó mucho, pude revisar algunos posts anteriores y en cierto aspecto pareciera que éste lo hubiera escrito una persona diferente a la que escribió los demás, sin embargo conservas el estilo, está muy bien. Seguiré leyendo.
    (: carita feliz invertida para ti jejeje.

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    1. Eso de las categorías nunca me funcionó, y siempre he sido muy flojo como para poner etiquetas. Hay algunas opciones: Lea a los otros blogs que enlazo en la barra lateral. O mejor todavía: escriba lo que quiere leer (un día de estos leo bien-bien tu blog, lo prometo).

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      1. Muy tarde: ya leí todo Painkiller. Aparte no tienes que prometer nada, si te llama la atención lo lees si no, no. Además el pobre todavía es un rancho.
        Saludos.

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