Cristofué

Recuerdo el primer pájaro que vi morir. Era amarillito, un cristofué. Mi padre lo mató con una china al primer intento, estaba en una de las ramas más altas del árbol, comiendo un mango apaciblemente. Nosotros estábamos directamente abajo, perpendiculares e igual de apacibles. El tiro fue increíble, técnicamente. Al caer, vi que le arrancó de una pedrada el pico por completo. Seguía respirando por el hueco enorme que quedó en su cara. Al exhalar salían burbujas de sangre que se hinchaban hasta reventar. Glup. La sangre más roja y viva que he visto corría hacia abajo, bañando al plumaje increíblemente amarillo y reflejando el sol que entraba como lanzas entre las hojas del árbol. Puedo ver al ojo negro enorme, angustiado como su respiración y el pecho batirle como un bombo. Hermoso, puro, desafortunado.

No pasó mucho antes de que papá lo desnucara, dijo que así era menos cruel.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. Lo sé ahora que estoy al lado del río, mientras un pajarito hace ruidos sobre las tablas de esta terraza flotante. Sobre la mesa está un libro, la libreta, la pluma y el café. Lo de siempre, lo del cliché que se encarna genuinamente y sin postureos. Lo que se es; lo único que se puede ser en una tarde a la que le queda hermosa el atardecer de fondo. El río lava los excesos de la noche anterior. Es como lo único limpio que tiene esta ciudad podrida, tan alterada como melancólica y europea. Una breve corriente de aire gélido me hace sentir casi librado de ambición. Sentado acá, no quiero hacer mucho más que abrazar la serenidad. Y confiar en que el tiempo no sólo derruye.

Libertad y abandono, la dupla eterna.

Es difícil ser solitario pero odiarte a ti mismo. Una bandada de gaviotas pasa sobre el puente multicolor y pienso que soy ínfimo, mínimo, ridículo y libre. El río está hermoso, sus aguas son color gris plomo y el cielo se vistió con nubes de tormenta. Quiero tenerte a ti, a ti que estás leyendo, no me importa quién seas, quiero tenerte aquí. Estamos en una mesita de madera y puedes pedir lo que sea. Café, té, cerveza; lo que sea, yo pago. No quiero que toda esta belleza se muera sólo frente a mí, ni que se me agolpe en la garganta sin poder salir. Y escribo esto con la mano entumecida por el frío, sobre la libreta y con una caligrafía tan desastrosa que haría que mis maestras de primaria se lamentaran. Siempre quedan secuelas del clima y uno va cambiando, quizás degradándose, un poquito cada día. Escribo con la piel cuarteada, curtida. Ningún invierno te deja ileso. Con los labios secos, al borde de sangrar, y eso es el tope de simbolismo que estoy dispuesto a aceptar en mi vida.

Qué será lo que ignoro, que estoy sonriendo. Me vuelvo entrópico, nace un vórtice hacia otro universo, uno que existe solamente dentro de mí. El rio se abre y nos traga. Ahí se van todas nuestras penas, toda nuestra ambición, culpa y sufrimiento. Tuve un sueño en el que este mismo río crecía y se lo llevaba todo. Nos iba llevando, a ti y a mí, que ahora estás acá incluso si no lo quieres. El río se cansó de estar sometido, se despidió de toda frustración, de las barreras que le impusieron para que no se comiera la tierra. El río se cansó, y se lo llevó todo. Estoy sereno, desapegado. Sucede que uno se cansa de rumiar sus pensamientos. Como cuando la noche te deja con la cara entumecida y lo mismo por adentro, no sientes nada y piensas que morir así sería bonito.

El problema, en el fondo, es estético. El problema es que la palabra “desasosiego” es muy linda. El problema es que los odio, y es mutuo. El problema es que es mutuo, y no los puedo culpar. No provoca mover un dedo por nadie. Incluso es una lástima gastar pensamientos así. El problema son las desilusiones. Como si la vida fuera un largo camino circular que recorremos en tren; un tren con infinitas estaciones en las que simplemente nos bajamos, miramos al cielo, y volvemos a subir. Puedes ilusionarte, y pensar que esta es la última parada, pero eventualmente va a sonar esa voz femenina por los megáfonos: “próxima parada: la misma que la anterior”.

Los sociópatas no sienten culpabilidad ni remordimiento. Y se estima que hay uno de ellos en cada veinticinco personas. Uno, por el contrario, está maldito con su memoria. Maldito con el miedo a olvidar, lo que pasó y especialmente lo que no pasó. El miedo a que, a veces, ciertas frases, cierta entonación, cierta referencia o cierta imagen mental, dejen de sentirse como un par de taladradas breves y huecas, pero profundas. Tuc-tuc. El miedo a que deje de doler. Supongo entonces que el tormento es signo de una mente sana, qué alivio. En el catolicismo, se maneja un concepto de sufrimiento que exalta heroicamente al mártir. Se abraza todo lo que sea autoflagelante, todo lo que sea penitencia, en lo físico y lo psicológico, se utiliza el cilicio sobre la carne y la culpabilidad sobre la mente. Se desconfía del placer. Como si el camino correcto fuera sufrir, regocijarnos en nuestro dolor; que el objetivo no sea ser felices sino fuertes (o dementes). Encuentro en la figura del santo a un eterno adolescente perturbado, mortificado en nomenclatura católica. Santo Tomás de Aquino renegaba del placer terrenal pues nublaba a la razón y decía que “el temor y la ira causan gravísimo daño corporal por su unión con la tristeza a causa de la ausencia del objeto que se desea. Y aun la tristeza misma priva en ocasiones de la razón, como se ve en aquellos que por causa del dolor se vuelven melancólicos o maniáticos”. ¿Melancólico y maniático? ¿Me llamaron?

El degenerado y fundador del Opus Dei, San Escrivá de Balaguer, se azotaba con tal intensidad que solía manchar las paredes con sangre. Luego de eso escribía cosas sorprendentemente lúcidas, como la siguiente:

Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior.

Camino 

La Madre Teresa visitó a una moribunda cancerosa y le dijo que el terrible dolor que sentía era sólo una señal de que se había acercado tanto a la cruz que Cristo la estaba besando. La mujer le dijo, “Por favor, dígale a Jesús que me deje de besar”. Los estatutos de la Orden de los Cartujos, a la que José Gregorio Hernández perteneció en Italia, dicen “Separados de todos, estamos unidos a todos”. Se venera el silencio absoluto, el aislamiento y la carencia. La soledad se vive a tres niveles: la separación del mundo, la reclusión en la celda, y la soledad interior/del corazón. Se venera todo lo que uno sufre. Stat crux dum volvitur orbis, la cruz estable mientras el mundo da vueltas.

Todos los gallos practicamos un ascetismo desprovisto de gloria. Somos como santos sin fe. San Pablo dijo “Estoy cumpliendo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo. Nos inculcaron, sin darnos cuenta, un discurso de sacrificio. Nacimos y nos destrozaron. No se puede negar la influencia que esto ha tenido sobre nuestra alma colectiva. Aunque sea más fácil suponer que todos estábamos dañados incluso desde antes de empezar, mi instinto me dice lo contrario y quiero saber en qué momento nos sembraron la bomba de tiempo en el occipital. Tic-tac.

Los santos en el fondo simplemente estaban enamorados, nada más. Escrivá habría sido un twittero fantástico, sus aforismos son encantadores: “Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás #Quegraciasyqueok. El Padre Pío sería como el amigo idiota que uno sigue por simple compromiso, sólo twittearía sobre el Real Madrid y lo que está almorzando. José Gregorio seguro estaría todo “Hay un dragón de metal suelto por Caracas. Me dicen que se llama ‘automóvil’. Mosca

Somos una cuerda de mariquitos posmodernos aspirando, sin saberlo, a la santidad. Uno se martiriza a su manera, porque todos tienen derecho a pretender agregarle sentido a sus vicios. ¿Por qué habríamos de destruir nuestros cuerpos de esta forma si no fuera por algo que trascendiera la existencia física? Un engaño, una tontería. Un “dale que tiene sentido que aunque tengas clases a las nueve estás despierto a las siete escribiendo. ¿Escribiendo qué? ¿A quién? Muchacho tonto, güevón, termina de entender que nadie, nadie nunca, nadie-nunca-jamás, te va a devolver los desvelos ni a compensar por las noches de insomnio. Descansa esa carcasa de mierda que arrastras. Duerme, niño, deja de jugar a trascender, que perdiste antes de comenzar.

No soy mejor que un Inca Valero versado. Digo versado porque no puedo ser tal como él, no tengo la capacidad herir físicamente a nadie y también está el detalle de que no estoy fundido en cocaína y locura. Pero lo que trato de decir es que no somos santos, no tiene sentido tratar de pretenderlo. Somos violentos, tontos y resentidos. En materia de santidad, lo más genuino y autóctono que tiene Venezuela es la Corte Malandra. ¿No te dice eso algo?

Vamos a ver, qué puede más, si la cruz de mis espaldas o estas ganas de pelear”. Suena y suena, martillando. El punk caraqueño, extinto y sucio de los noventas marcan el paso de este flujo de consciencia. Por siempre descontextualizado, escuchando en postmortem bandas añejas. Y la canción sigue y sigue, 2:38 minutos que la intertextualidad de este mundo me sembró en los antebrazos, brotando las venas como ríos y esperando que germinaran y florecieran desde la punta de los dedos, rompiendo aceras y masticando pupilas. Párrafo por párrafo, ¿sino por qué hacemos esto? Nos, hacemos esto. Ñam ñam, hasta quedarnos ciegos.

“Sin Cruz no hay Gloria ninguna/ ni con Cruz eterno llanto/ Santidad y Cruz es una/ no hay Cruz que no tenga santo/ ni santo sin Cruz alguna” – Lope de Vega.

 Nos complicamos la vida innecesariamente. Uno escoge su cruz y su condena. ¿Que es divino ser la víctima? sí, aliviana, pero ese rara vez es el caso. Todo es una decisión, incluso las perspectivas, incluso la manera en la que sientes o dejas de hacerlo. Uno es el arquitecto de su desgracia, decir lo contrario es cobardía. Uno decidió, uno escogió. Incluso la inacción es una decisión. Cuántas veces no habremos atentado en contra de nuestra propia felicidad. Perpetuado rituales que nos hacen miserables, encadenados a actitudes dañinas. Actuado como tontos, repeliendo e ignorando.

Pero esto no es autoayuda, ni una charla sobre la aceptación. Déjame desmotivarte. Error nº1: no tienes nada que perder. Siempre te va a pasar algo malo. Fin. Esto no es una lectura zen sobre tolerancia y sabiduría, todo lo contrario. Vamos a mandarlos al carajo: ahóguense en su mierda. Vamos, tú y yo, se lee en voz alta: ahóguense en su mierda. ¿Vamos a pretender ser una persona relajada coolsmooth a esta altura del juego? ¿O pretender ser un torbellino de tormento? ¿Cuándo se ha visto un atormentado que toma calcio y multivitamínicos? ¿Un atormentado que usa lágrimas artificiales? ¡Falso, eres un falso! ¡Entumecido que no llora! ¡Eres una lechuga, una lechuga que tipea, no escribe siquiera, tipea!

Siento que somos como pájaros volando y nos van tumbando a escopetazos. Cada uno llega con una historia peor que la anterior. Es horrible. La situación es insostenible. En su arrogancia, todos se engañan para pensar que vuelan lo suficientemente alto como para que no los tumben. Pero hasta allá llega el plomazo, o la pedrada. Sin excepciones, todos los pájaros caen. Y todos los mangos son una trampa.

Y son esos mangos por los que amanecimos mutilados los que nos definen. Uno no viene de la generación espontánea. Uno es accidente, milagro, víctima, vencedor, golpe y contragolpe. Ortega y Gasset decía “yo soy yo y mis circunstanias”; uno es uno y sus mariqueras. Uno es lo que es gracias a que su mamá lo apoyó en todo, menos cuando dijo que quería ser policía. Nos definen las cosas que no hicimos. Las cosas que perdimos. Las cosas que nos quitaron. Uno es todo lo que nunca tuvo. Somos, después de todo, lo que no somos.

El resto, es terreno pantanoso. Decir afirmativamente quién eres es pecar de presuntuoso. ¿Quién te crees tú para definirte? Sólo hay algunas cosas que sé sobre mi persona, y no me parecen suficientes. Sé que puedo escribir la palabra “triplehijueputa” escuchando Shostakovich. Sé también que me expreso con frases como “las vicisitudes del güevo” tranquilamente, como si tal mezcla de registros fuera normal. Sé que puedo ir de la verborrea más excesiva al laconismo más tímido y retraído. Que tengo info, datos y un ACV inminente. Sé que no temo admitir que no tengo la más mínima idea de lo que estoy haciendo. Eppur si muove, y sin embargo se mueve. Me muevo para desubicarme un poquito más cada día. Sé que no puedo abrir un jugo sin mojarme y que nunca supe discernir lo que era mejor para mí, como cuando quise ir a un amanecer llanero en el sur de Valencia. Sé que estoy rodilla en tierra contra el “pero bueno, ¿qué se le va a hacer?” ¿Cómo que qué se le va a hacer? todo, absolutamente todo. Sé que soy un tonto que vibra por medio de exabruptos. Exabruptos de felicidad, de tristeza, exabruptos en algo que ha demostrado una y otra vez no ser una historia lineal y delimitada. Exabruptos de aburrimiento, sobre todo. Porque la propia palabra exabrupto es un engaño, suena más emocionante de lo que en realidad es. Soy una pila, no de defectos y virtudes, sino de  virtudes defectuosas y defectos virtuosos. Soy innegable: soy la media que se te perdió mientras dormías, soy ese lunar extraño, soy ese primo chavista.

Soy lo que soy, sea lo que sea.

Siento que la sangre en mis venas comenzó a correr en dirección contraria. La cafeína pega y la cabeza vuela, ahora todo se relaciona y todo tiene sentido. Todos nos vamos tropezando, los unos con los otros, en un desfile hacia el desfiladero. El mundo es un pañuelo y no existe más ley que la teoría del caos.

En Caracas, el cuerpo decapitado de Keyber José Achique fue amarrado a una moto y luego lanzado a una quebrada. Su familia sepultó a un cuerpo de veintidós años sin cabeza. En Tocuyito, el recluso Darvin Aguilar fue asesinado, su cadáver tenía más de cien tiros. Su familia sepultó a un colador de treintitres años. En Valencia, Javier López murió al ser atropellado mientras intentaba cruzar la autopista. El chofer, que se detuvo, fue víctima de los moradores del lugar, quienes haciendo alarde de la coherencia y racionalidad que nos caracteriza como nación, decidieron que la acción más lógica era incendiar la camioneta. Luis, Wilmer y Alejandro circulaban por la variante Naguanagua-San Diego cuando fueron tiroteados. Además, el carro se volcó y los dos primeros murieron. Ahora estamos en Maracay, a las once de la mañana de un domingo, Oscarline Rebolledo de veintiún años va en un taxi con su hija de once meses, todavía no sabe que se verá atrapada en un enfrentamiento entre los asaltantes de un camión blindado y la Policía de Aragua, los detalles poco importan, lo único que importa es que le van a pegar un tiro de FAL en la cabeza. En Lara, luego de que desde un Corsa le reclamaran por haber hecho un cruce indebido, Julio Vizcaya de veintinueve años a bordo de su Fortuner decidió perseguir al carro y caerle a tiros, matando a la pasajera del asiento trasero: una niña de cinco años.

Venezuela y sus playas.

Soy afortunado. Sobre mi cabeza, las nubes dicen que lloverá, o que llovió; en fin, que si no se jodieron los anteriores nos jodemos nosotros. Sombrío. Creo, en medio de la tensa calma, sentir esa mágica sensación de sincronía. Hoy, hoy disfruta que mañana el cielo podría llover hasta desmancharse. Queda mucho por hacer, hay incendios que apagar y puentes que construir; pero hoy, dejemos que nos lleve el río. Aprecia la tempestad, aprecia la tormenta; significa que todavía las nubes cargan sangre por dentro. Significa que están vivas y que sí, parafraseando al sabio creador de la escuela de pensamiento del malandreo fénix-optimista,  que la brisa sigue secando la ropa.

Uno es individuo, molécula, partícula, átomo, quantum. Uno es 1.

Al pajarito le arrancaron el pico por completo. Le fue negado el derecho a emitir sus últimas piadas. Al mango no le importó en lo absoluto. El mango no tiene consciencia, el mango simplemente es. El mango, pase lo que pase, sea lo que sea, es. El mango no se complica, el mango no se mortifica. El mango no es mártir de ninguna causa. Hay gente que es como el mango; mi envidia a ellos. Yo, por otra parte, asumo esto como mi expiación y ahora me pregunto si el pajarito tenía familia, picos que alimentar. Si dejó convertida a una dama en viuda y madre soltera. Si el más pequeño de los pichones cayó en los vicios durante su adolescencia por falta de un hogar y una figura paterna. Si una amistad de dudosa reputación lo introdujo en los bajos fondos y lo convirtió en adicto a caminar a la altura de la grama. Si alguien le hizo olvidar que él sabía volar, como a todos nosotros. Me pregunto si todas las cosas que me debo callar son el precio karmático a pagar por mi participación en ese asesinato y el de muchas aves más. Me pregunto si a mí el cosmos también me voló el pico de una pedrada. Me pregunto si la gente me ve, y se da cuenta de que exhalo burbujas de sangre por el hueco de mi cara.

Glup, Glup, Glup.

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4 comentarios en “Cristofué

  1. Pensé en ti muchísimo en la entrada nueva que escribí. Puse frases tuyas en comillas, porque sinceramente: no quiero compartir entero mi blog favorito 😉 (espero que no te moleste). Saludos Y POR FAVOR, COÑO ESCRIBE ALGO QUE MUERO.

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  2. No soy de leer; lo odio, realmente. Me he puesto como “beta reader” para leer más aun cuando se trate de corregir desastres de otras personas entre redacción, gramática, ortografía y el uso de guiones que supone debe tener un relato.
    Por ende no he leído enteramente tu fragmento… ¿he de llamarle así?. En fin me gustó bastante la descripción cruel y detallada de la muerte del inocente y apacible ave, carente de toda culpa vinculada con acciones crueles asociadas a superioridad y eso, sin tratar de ser de alguna manera ofensiva con tu padre, el asesino en cuestión.

    No obstante, he pasado por aquí porque leí entre lineas el articulo sobre haberte ido de aquí (en caso de que haga falta hacer mención de que hablo de Venezuela) y me gustaron mucho estas líneas que sí me detuve a leer.

    “Quizás seas un idiota en negación”

    “se serio y admite tus vacaciones como son.”

    Quizá en algún momento donde no este peleando con mi tesis y sus cálculos requerido pase lea todo y pueda ser mucho más objetiva sobre si me gusta o no, por ahora solo sentí la necesidad de expresarme, sabiendo incluso que no tomarás el tiempo de leer esto, pero esta bien, suelo escribir para la nada, y en la nada mis escritos impregnados de veneno se encuentran identificados y de alguna manera cómodos.

    Había que poner alguna web de modo opcional y digamos que lees esto como un caso hipotético e imaginario que no pasará, aun así coloque un blog viejo donde no prestaba mayor atención a los acentos, así que puede que estén todos ausentes y debas imaginarlos, debido a que obviamente no pondría mi blog lleno de cuentos. duh.

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