Katarzyna

kkk

Los dinosaurios no se extinguieron, dan clases en mi universidad. Un verdadero museo que tiene muchísimos años y todavía más moho, donde se exhiben con orgullo ideas prehistóricas. Pero mi uni es buena en algo: marketing. Esta universidad es puro maquillaje y se vende como una de las más antiguas del mundo, la mejor rankeada y con más estudiantes internacionales en Portugal, donde profesores ganan premios y presidentes vienen a buscar doctorados. Y uno acá adentro, calladito, sabiendo un secreto: todo es mentira.

La universidad me llena de una rabia sosegada, una humedad pesada. Siento que se me vino encima el tiempo y que un monstruo de papel me aplasta el espíritu. Pero no es un monstruo de papel, es un coloso de concreto gris con cuatro estatuas al frente; algunos dicen que son las únicas cuatro personas en la historia de la Facultad de Letras que no se graduaron. El edificio conserva dejos del nacionalismo épico de la dictadura portuguesa, como el mural enorme llamado glorificación al genio portugués y pasillos de escaleras infinitas que se pierden en las entrañas de una casa de las luces muy mal iluminada.

Las clases relacionadas con multimedia las veo en un antiguo monasterio del siglo XVI en el medio del campus y cerca de la estatua del rey que fundó la universidad. El semestre pasado tuve una profesora tan vieja que nació en este mismo edificio cuando funcionaba como hospital. Hoy tengo clases de radio, un bloque sólido de cuatro horas que te lleva en un espiral de absurdo. El criterio de mi licenciatura no es enseñarnos a ser buenos en algo, sino a ser malos en todo. Por eso siempre trato de llegar tarde a todas las clases, porque las ideas de los profesores también llegaron medio siglo atrasadas. Entro al salón y el hombre habla y habla mientras el resto asiente. Eso, eso; muevan las cabezas que eso hará que lo que está diciendo cobre sentido. Estoy muy harto. Pongo un pie adentro del edificio y siento que me vuelve peor persona automáticamente. Llego, no le hablo a nadie y procuro salir tan rápido como puedo cuando termine el aula para no quedarme flotando en situaciones sociales incómodas.

Durante cuatro horas vemos a Silvio, el profesor, echar sus pies sobre el calentador y sentarse de las maneras más extrañas posibles. Jamás lo he visto a sentarse con los pies en el suelo. Es un tipo alto, blanquiñoso, de pelo corto, lentecitos, modales muy apaisados y refinados. Tiene una Macbook y su fondo es de los Velvet Underground. Me cae bien, pero es francamente indignante lo poco que aprendo. Silvio levanta sus pies del calentador, se para de la silla, se sienta sobre la consola de controles –por alguna razón- y echa los pies sobre la silla en la que estaba sentado… porque sentarse en sillas es demasiado mainstream para Silvio.

Estudiar afuera, allá donde hicieron puentes arrechísimos pero les tuvieron que poner rejas porque mucha gente se estaba lanzando, te deja con un papel bonito y muchas carencias psicológicas graves. Al final es sólo eso: un papel bonito y un vacío por dentro. De resto, es más o menos lo mismo, salvando diferencias en infraestructura. Lo tienes todo: los profesores piratas, la tensión sexual, el pretender que no viste a alguien para no saludarlo, el profesor que te responde “porque yo quiero”, utilizando claramente lo mejor del método Montessori o el Lancaster. La diferencia llega a la hora de asumir que Cadivi es tu amo y señor, mientras estudias con gente que no se ríe de los chistes de periqueros, gente que no entiendes y que no tienen la menor idea de quiénes fueron Cerati o Celia Cruz.

Sentada a tres lugares está la polaca, Katarzyna. Sé que se llama así porque busqué el nombre que me sonara más raro en la lista de presencias y luego la acosé por Internet. La primera vez que le hablé fue porque nos sentamos en la misma mesa y aparentemente yo era el único cerca que hablaba inglés. Me dijo que se divertía mucho acá, que ocupaba su tiempo aprendiendo portugués, que no extrañaba nada. Yo le dije que era miserable, que el nivel del curso me parecía bajísimo, que odio a los portugueses, que me gasto los fines de semana leyendo sobre escritores suicidas. Y ella se reía, a pesar de todo. Ahora, mientras veo a Silvio hacer su gimnasia perversa en toda la mobiliaria del salón, pasan las horas y fantaseo futuros bellísimos junto a la polaca. Podría ser ella, podríamos tener juntos el futuro que soñamos y la vida que merecemos… Así que cuando termina la clase me demoro intencionalmente para coincidir con ella cuando se levante, saco mi celular y lo llevo en la mano pensando en dejarme de mariconerías y atreverme a pedirle el número de una vez por todas, hasta que finalmente ahí estamos…

-¿Cómo has estado?

Y yo ya venía preparado para mostrarme divertido y positivo ¿no? Fingir.

-Bien, excelente, optimista, muy animado…

Y comienzo a decirle un montón de mentiras porque me dijeron que ser un barranco ambulante no es seductor. Hago un genuino esfuerzo por mostrarme vigoroso, así como radiante de energía interna. Soy un ser de luz, pienso todo menopáusico. Ella me mira abstraída en silencio, apuntando hacia mi cara, y de pronto, como si se acabara de dar cuenta de algo, como si hubiera tenido una revelación en ese mismo instante, dice:

-Eres la persona más deprimente que he conocido.

Y ya está, no dice más nada. You’re the most depressing person i’ve ever met. Yo trato de recoger los pedazos de mi cara y no digo ni una vainita medianamente ingeniosa, algún retruque, un puchero, algo, no le consigo sacar plusvalía a la desgracia y me quedó ahí, con mi cara de güevón, ahí.

-Deberíamos… salir… algún día… -le digo.

Y ella mueve su cara, como saliendo de su epifanía y cambiando de tono de voz me dice asintiendo:

-Oh, sí… sí.

Yo sigo con el celular en la mano y las bolitas en la garganta y me digo: retírate con dignidad, hay que saber retirarse, todo en la vida es saber retirarse. Me quedo mirándola hasta que el silencio incómodo se rompe cuando dice:

-Me debería ir… sí… Chao.

Y sonríe, y se va flotando…
Y qué ganas de explotar y que se quemen las paredes y las sillas, los libros, el techo, la universidad entera. Y lanzarme del quinto piso prendido en llamas y que se rompa mi tabique contra las piedras y se me reviente la garganta gritando tu nombre, Katarzyna…

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11 comentarios en “Katarzyna

  1. No sé ni cómo empezar este comentario, me siento absurda intentando encontrar la palabras adecuadas para redactar un buen comentario pero no basta, de por sí es absurdo sentirse absurdo por unas simples lineas ¿no?

    Me siento tan identificada, tan arraigada a esa imagen personal del “barranco ambulante” en medio de una universidad que resultó ser tumba de mis aspiraciones idealistas y de un país al cual le resultas una carga.

    Entiendes que por cuestiones lógicas y económicas no puedes huir de la tortura diaria que representa ir a la universidad. Por razones obvias para cualquier venezolano en el exterior: CADIVI y tu familia.

    Yo no sé cuales son tus esperanzas o aspiraciones pero espero que consigas la salida de esta catatonia para poder leerla.

    Al parecer las esperanzas es lo último que se pierde.

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  2. Mauricio,

    Primero, espero que Katarzyna nunca tenga clases de español, porque si leyera esto sería catastrófico.

    Ahora… lo siento, siento ser sinceramente deprimente, pero ese monstruo aplasta aspiraciones que es la universidad lo es así en Caracas, Madrid o Coimbra. Sí, suena fatal, pero lo es. Nunca cumplirá tus expectativas (A menos que estudies en Harvard u otro de esos mundos perfectos y desconocidos)

    De todas maneras, hay algo bueno en la universidad, que va más allá de las clases decepcionantes: cambia tu personalidad para siempre, y para bien. Así que (ya que no tienes otra opción) fuerza, espera, termínala y verás. Fue lo mejor que le pasó a mi arrogante ser.

    Y saludos a Katarzyna.

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