Cosas increíbles

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También disponible en El Nacional…

A veces tengo problemas aceptando los hechos. No es un asunto de negación, sino de extrañeza. Me parecen extrañas algunas cosas que siempre han sido así. Por ejemplo, me parece extrañísimo que mi novia haya estado dentro de la barriga de su mamá. La maternidad en general me parece rarísima, es muy fuerte y casi mágico que poseamos la capacidad de albergar vida. Me parece que, tomando en cuenta este hecho, ninguna madre debería arriesgar a su criaturita ante las garras de cualquier novio. Incluso si este novio hipotético es un caballero de fina estampa, buenmozo y con una buena quijada, gracioso y grácil, responsable y lleno de encanto mientras encarna su labor de ser, claramente, el último baluarte cultural de latinoamérica.

En las historias de ficción, tanto en la literatura como en el cine, no importa la verdad sino la verosimilidad. Es decir: no importa que tu película se trate de un extraterrestre amorfo que vuela telepáticamente sobre una bicicleta, si me lo cuentas bien yo me lo voy a creer. Lo que más importa en una narrativa es que los personajes tengan verdad, que sus acciones dentro de la trama no parezcan convenientes artilugios para redondear los finales o las intenciones sino que parezca que sus acciones nacieron genuinamente de ellos. Es decir: la buena ficción es una buena mentira, lo único que importa es que la gente sea creíble.

La muerte de Chávez no es creíble. Me parece rarísimo que Chávez se haya muerto de cáncer. De todos los finales que le imaginé, nunca pensé ese, nunca vislumbré un final prematuro y lento en una cama de hospital. Se sintió como cuando cancelan una serie a mitad de temporada. No significa que yo quisiera un poquito más de Chávez, sólo quería un final acorde a la magnitud de su personaje. Quería que Chávez me diera clausura, me liberara como si se tratara de una ex a la que temes encontrarte por la calle. Desde el punto de vista de la dramaturgia, el final de Chávez es un final fallido. Malo para las películas post mortem, pero quizás bueno para la realidad. A la narrativa de Chávez (el héroe corrupto caído en desgracia, el intruso destructor) le correspondía un final Tarantino, no uno plácidamente sumergido en la morfina.

Si hace diez años hubieras viajado en el tiempo para decirme “Nicolás Maduro va a ser presidente de Venezuela” yo me habría asustado mucho y te habría preguntado quién eres y por qué estás metido en mi salón de sexto grado. Pero luego de mi Yuky Pack, reflexionaría con toda mi inteligencia de niño índigo: ¿Nicolás Maduro, Presidente?… Hasta el día de hoy me suena rarísimo. Cuando leí las noticias de su gira diplomática intentando cerrar acuerdos para ser rescatados por los líderes del petromundo, no pude sino maravillarme ante las infinitas posibilidades del azar y lo bendecidas que resultaron algunas personas. Me lo imaginaba divirtiéndose en los hoteles, con su bufandota y sus boinas. Lo imaginaba como una morcillita dando vueltas en un tobogán, riendo y soñando. Una morcillita con su propio bigote y sus cacheticos. Una cuchura. Imaginé que lo sostenía entre mis brazos y lo balanceaba como un bebé, la morcillita me miraba con inocencia mientras yo acariciaba sus mejillas de embutido. Entonces abrí los botones de mi camisa y lo amamanté con mi leche de niño de sexto grado.

¿Ese párrafo fue raro? No pana, raro es que Nicolás Maduro sea presidente de Venezuela.

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