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La isla y los zamuros

diciembre 17, 2014

Zamuros

Sabemos que hay dos tipos de islas: benditas y malditas. Al estar separadas del territorio insular, las islas son lugares con otras reglas, lugares fuera de las normas que reinan en el resto del mundo. Esto puede ser bueno y la isla puede ser un refugio paradisíaco para quien busque comenzar de nuevo. Y puede ser malo, cuando la isla se revela como una prisión o un lugar aberrado. Las islas son tradicionalmente lugares a los que son desterrados los indeseables para aprisionarlos y controlar sus exilios, como Napoleón preso en Santa Elena, las islas para leprosos, Alcatraz, o la isla de Robinson Crusoe (que según el libro está ubicada en Venezuela, en una desembocadura del Orinoco).

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El cretino Antonio

diciembre 10, 2014

cuarto piso
Los pequeños patanes del día a día, los cabrones de mala entraña. Mezquinos, sin solidaridad, sin humanidad. Aquellos que esperan una equivocación para lanzarse sobre ti amparados bajo la excusa de hacer las cosas bien. Porque los cretinos siempre creen tener la razón. Nunca un cretino dudó sobre si lo que hacia era justo o correcto, no: los cretinos siempre creen que actúan en nombre de la justicia, o más bien de “lo correcto”, que es otra cosa.

Mi primer cretino en España fue mi primer casero y compañero de piso. Vivir con tu casero puede ser problemático, especialmente cuando tu casero es Don Cangrejo. Haciendo el cuento corto: no tardé ni una semana en darme cuenta de que para él (Antonio), yo no era su compañero de piso, sino su maquinita de hacer dinero. Antonio era arquitecto, andaluz, tenía un buen trabajo en una compañía de ingenieros y es la persona más miserable que he conocido.

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Futbolito

noviembre 22, 2014

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También disponible en la web del diario El Nacional

Siempre me gustó el olor de la grama mojada. Y la grama siempre está mojada cuando se juega en la mañana. Cuando era niño nuestros partidos se jugaban siempre en la mañana, a las nueve. Yo me paraba horas antes y me vestía. Me ponía unas medias rojas con rayas amarillas y verdes que picaban como bachacos, unas canilleras enormes, unos taquitos negros, y una camisa cuyo cuello estaba hecho del mismo material que las medias, era terrible… Pero me encantaba. Rondaba la casa durante horas hasta que mi papá se despertaba, lo fastidiaba para que se apurara en llevarme a la cancha, aunque siempre al llegar teníamos que esperar media hora más por el árbitro, mi papá siempre tuvo razón en que no había motivo para apurarnos. Pero me emocionaba tanto ir a perder todos los sábados… Nunca, jamás, en la historia de esa liga de Compoticas, mi equipo ganó algún juego. Y siempre fui con entusiasmo a perder. A veces, el olor de la grama mojada todavía me regresa a un lugar seguro.

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Lo que hago importa

noviembre 19, 2014

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Una vez le preguntaron a Rupert Thomson, un escritor estadounidense, cuánto tiempo había tardado escribiendo su último libro, y él contestó que 3 años. Pero luego, pensando con detenimiento, se dio cuenta de que podía decir la cantidad precisa de horas que había gastado en escribirlo, pues llevaba un registro de cada día que pasó escribiendo… La respuesta exacta era: más de 6.000, solo, encerrado en una habitación. Y lo volvería a hacer una y otra vez, alejándose en cada ocasión de la vida… ¿Por qué está dispuesto alguien a hacerse eso?

Porque está convencido de que lo que hace importa.

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Dejar ir

noviembre 12, 2014

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Estoy convencido de que no hay experiencia más provechosa para los creativos que convertirse en extranjeros. Quizá la gente escribe mejor o compone mejores canciones cuando no pueden comunicarse bien, cuando están aislados y tienen que refugiarse en sí mismos. O quizás experimentar tantas cosas nuevas y diferentes arroja una luz nueva sobre la vida que acaban de dejar, o sobre sus otras vidas posibles, no lo sé. Pero lo cierto es que en la historia de nuestra breve y maltrecha Latinoamérica hay suficientes obras culturales nacidas en el extranjero como para decir que Latinoamérica fue creada en el exilio. Toda la literatura latinoamericana le debe tanto al extranjerismo, al sentimiento de orfandad, a la pobreza y el desarraigo, que nos hace pensar que Macondo existe en algún lugar entre París y Barcelona, entre la oficina de Carlos Barral en España y los trabajos que tenía Vargas Llosa cargando papas y recogiendo periódicos en Francia…

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Katarzyna

mayo 8, 2013

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Los dinosaurios no se extinguieron, dan clases en mi universidad. Un verdadero museo que tiene muchísimos años y todavía más moho, donde se exhiben con orgullo ideas prehistóricas. Pero mi uni es buena en algo: marketing. Esta universidad es puro maquillaje y se vende como una de las más antiguas del mundo, la mejor rankeada y con más estudiantes internacionales en Portugal, donde profesores ganan premios y presidentes vienen a buscar doctorados. Y uno acá adentro, calladito, sabiendo un secreto: todo es mentira.

La universidad me llena de una rabia sosegada, una humedad pesada. Siento que se me vino encima el tiempo y que un monstruo de papel me aplasta el espíritu. Pero no es un monstruo de papel, es un coloso de concreto gris con cuatro estatuas al frente; algunos dicen que son las únicas cuatro personas en la historia de la Facultad de Letras que no se graduaron. El edificio conserva dejos del nacionalismo épico de la dictadura portuguesa, como el mural enorme llamado glorificación al genio portugués y pasillos de escaleras infinitas que se pierden en las entrañas de una casa de las luces muy mal iluminada.

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Dios es un panadero mocho

abril 7, 2013

panadero
Esta es la versión original -y por lo tanto más desperdigada pero sincera- de un texto que escribí el año pasado para la edición nº15 de la  Revista Ojo.

Me encuentro atrapado, arrinconado en este lugar podrido y moribundo. No estoy en el infierno, peor: estoy en Portugal. El de los navegantes, los futbolistas y los panaderos. A veces me siento divido, no en dos mitades porque no estoy dividido equitativamente, sino como si hubiera sido decapitado y mi cabeza se hubiera quedado en Venezuela. Lo que está acá es una carcasa sin valor alguno; una gallina degollada…

Miles de portugueses huyendo de la miseria y el fascismo llegarían a una Venezuela salpicada con brotes de violencia guerrillera para dedicarse a hacer el más noble tipo de bombas: las bombas de merengue. Rodilla en tierra contra el hambre, la panadería luso-venezolana se convertiría en el espacio de convivencia de toda la fauna urbana. Donde el humo del café se mezcla con la bruma de la mañana y el horno comienza a calentar la grasa que mueve los engranajes de la ciudad. Todos los seres de la vida criolla en el mismo lugar, interactuando en un microcosmos, unidos en perfecta convivencia por obra y  gracia de la glotonería, creando un escenario apasionante para la antropología. Las menopáusicas que asumen la graduación de sus hijos como cruzadas personales, el señor del perrito poodle, el Pelé de la cancha de futbolito, el vigilante que compra chocolates para levantar a la conserje, el empresario exitoso, y la mole de gimnasio. Todos, con intereses divergentes y en ocasiones opuestos, pero bajo el mismo techo.

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