Navegando la tristeza de Portugal

Retrato de Luís Vaz de Camões. – Lima de Freitas (1972).

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Una lengua es el lugar desde donde se ve el Mundo y en el que se trazan los límites de nuestro pensar y sentir. De mi lengua se ve el mar. De mi lengua se escucha su rumor, como de la de otros se escuchará el del bosque o el silencio del desierto. Por eso la voz del mar fue la voz de nuestra inquietud”. – Vergílio Ferreira.

Dijo Jorge Luis Borges en varias entrevistas que en la literatura portuguesa se sentía el mar, en contraposición a la literatura española, porque los castellanos, decía, eran un pueblo de tierra adentro, una gente de llanura. Uno de los mayores referentes de Borges para hacer esta aseveración tuvo que haber sido, sin duda, Luís Vaz de Camões, a quien le escribió un poema que lleva por título su nombre, donde lo recuerda como el creador de una “Eneida lusitana”. En otro, llamado “El mar”, hace una referencia más hermética a él: “(…) aquel caballero que escribía / a la vez la epopeya y la elegía / de su patria, en la ciénaga de Goa”.

Lo revelador de ese último verso está contenido con gran brevedad en la aparente contradicción entre epopeya y elegía. La primera, caracterizada por la exaltación grandilocuente de las virtudes heroicas del pasado. Y la otra, el lamento de lo perdido. Ese pequeño verso, con todo y su intención irónica, demuestran que no solo Borges comprendió plenamente a Camões, sino que a través de él también llegó a comprender el alma lusitana.

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Adiós a los muertos

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Priam aux pieds d’Achille – Jérôme-Martin Langlois. (1809)

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Sabemos que no somos los únicos animales que sentimos luto por nuestros muertos. Más allá de la consciencia de la muerte, el lamento -expresado en comportamientos inauditos- está registrado en muchas especies. Algunos gorilas cargan durante días los cadáveres de sus hijos, lo mismo se ha visto en delfines y ballenas. Ciertos tipos de pájaros, luego de la muerte de sus parejas, dejan de comer hasta morir. Pero los más intrigantes para mí son los elefantes: reconocen los huesos de otros como ellos y los tocan con sus trompas y patas en silencio, solemnes, e incluso regresan a visitar los lugares donde los encuentran como si fueran cementerios.

Por nuestra parte, hemos desarrollado durante miles de años distintos rituales para facilitar la despedida, incluso cierta evidencia sugiere prácticas funerarias desde antes del homosapiens moderno. A pesar del lugar destacado que ocupan estos rituales en todas las grandes religiones modernas, parece equivocado reducirlos a eso, porque está claro que no es solamente una declaración de principios del muerto, sino que tiene tanto o más que ver con los sobrevivientes.

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Pocaterra, el último relámpago

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José Rafael Pocaterra es un nombre que suena a viejo. Pertenece a una camada venezolana que ya no habla como nosotros, que tiene algo viejo en la voz -aunque sea la voz escrita-, que se le escucha un acento que ya murió. Ese acento, a mí siempre me parece, contiene lo mejor de la venezolanidad. Es un acento austero, algo insular, aislado del mundo, pero sensible y, sobre todo, profundamente digno. Digo acento porque no encuentro mejor término, porque es algo que se transmite con la palabra, en cualquiera de sus formas, y que yo creo que en el fondo puede ser algo cercano al alma humana.

Nací en Valencia, un 18 de diciembre”, dice en una nota autobiográfica. “No he sido niño prodigio, ni bachiller, ni toco ningún instrumento. Estudié solo, sufrí solo, solo luché contra el “trágico cotidiano”. A mi madre le debo la vida; a los demás nada. Cuando murió mi padre todavía no terminaba yo de echar los dientes. Después la existencia me enseñó a tener colmillos y garras; más tarde la piedad humana me ha enseñado a sonreír”.

La suya es una historia perteneciente a otro tiempo, cuando ser escritor era otra cosa. ¿Consiguió tener una vida digna? Y, a través de su ejemplo, ¿podemos elegir no ser víctimas? Para responder a eso rescataré un poema fascinante sobre la ciudad que compartimos. El poema se llama Valencia, la de Venezuela, aunque otras veces aparece también con nombres como Canto a Valencia, o seguido de este añadido rimbombante: Glorificate la cittá feconda. Lo importante acá es que es un poema largo, ambicioso y rebelde que Pocaterra escribió poco antes de su muerte con motivo del cuatricentenario de la ciudad y que resume toda su historia hasta 1955.

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1936

El Batallón Lincoln desfilando en Barcelona

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Las protestas venezolanas han sacado a la luz muchísimos actos de heroísmo, de dignidad básica, de expresión aún libre luego de casi dos décadas de domesticación autoritaria. La mujer parada frente a la tanqueta, el hombre desnudo, los cacerolazos a las comitivas chavistas, los tirapiedras contra la ballena, los músicos frente a los piquetes, los voluntarios médicos auxiliando gente, los graffitis que denuncian al dictador y se cuelan en la improvisada propaganda oficial.  Son todos actos de nobleza y de entrega física a unas ideas por las que -está demostrado- te pueden torturar, matar o desaparecer. Lo que está pasando en Venezuela es algo que no se ve frecuentemente en naciones acomodadas, de convicciones líquidas y donde la política es poco menos que un deporte más.

Pero no es la primera vez que nos ilusionamos con el cambio y que sentimos que está cerca. No es la primera vez que pensamos que este cúmulo de buenas intenciones y acciones van a desembocar en un cambio irreversible. Veo tanto horror, tanta maldad desatada en Venezuela, que se me ocurren pocas cosas tan trágicas como pensar que, quizás, las protestas no sirvan para nada. ¿Qué queda si todo esto falla? Si los chavistas siguen mandando, con sus videos jugando béisbol, con su bochinche salsero, con su banalidad dictatorial, con sus muertos… ¿Qué pasa si todas las muertes fueron en vano? ¿Qué pasa si, una vez más, nada cambia? ¿Qué sacamos de esto? ¿Qué tenemos? ¿Qué nos queda?

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Los muertos

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“L’occhio occidentale” – Nicola Samori (2013)
  • la muerte venezolana era ya sin nosotros
    la muerte boba
    la muerte sin papeles sin paga sin reclamo
    la muerte arboladura de los poderosos
    vieja costumbre mal acostumbrada
    descomunal zamuro devorando vivos a los pobres”
    -Victor Valera Mora.

Hace unos días en la Asamblea, la madre de un joven asesinado en una OLP dio un testimonio desgarrador en el que dijo algo que me conmovió. Una reflexión tan simple, tan evidente, pero que contiene tal carga de verdad que deja de ser simple y se convierte en elemental, que es distinto. Ella dijo: “A un hombre se le llama viudo cuando pierde a su esposa. A un hijo cuando pierde a su madre se le llama huérfano. ¿Y cuándo a nosotras nos quitan a un hijo cómo le llamamos? No tiene nombre”. Esta mujer está denunciando que el lenguaje le queda corto a su dolor.

Al final de su intervención, se dirige a Maduro y dice algo que levanta un tema que es y será clave para entender todos los horrores de estos años: “Que Dios le guarde a sus hijos, si esa cosa tiene hijos, porque él no merece llamarse ni Hombre ni Presidente de la República, se le llama Cosa”.

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Caracas como problema

Protestas luego del anuncio del racionamiento eléctrico en Maracaibo (Huberto Matheus, EFE)
Protestas por el racionamiento eléctrico en Maracaibo, abril 2016. (Huberto Matheus, EFE)

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Hace unos meses, el Ministro de Energía Eléctrica anunció que se cortaría la electricidad cuatro horas al día en todo el país durante 40 días. Un día después, hizo una aclaración: en todo el país menos en el Distrito Capital, “por ser la sede de los poderes públicos”. Y entonces se molestó el país, porque esa frase, en los ojos de los casi 29 millones de venezolanos que no viven en el Distrito Capital, se lee así: “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra, porque así lo hemos decidido”.

Cuando un montón de gente molesta comenzó a tuitear sobre cómo se sentían menospreciados por la decisión del gobierno, las intervenciones caraqueñas iban por dos caminos defensivos: el primero decía que criticar que tuvieran electricidad era hacerle el juego al chavismo porque distraía a la gente de reclamarle a los verdaderos responsables o molestarse por el verdadero problema, y el segundo consistía simplemente en hacer varias preguntas: ¿Por qué esto es injusto?, ¿Por qué hay gente molesta?, y ¿Por qué no escogieron vivir en Caracas y ya?

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Ser venezolano y el orgullo de sufrir

Semana Santa en Petare, Caracas. 2014. - Federico Parra/AFP.
Semana Santa en Petare, Caracas. 2014. – Federico Parra/AFP.

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Hacer que la gente se sienta orgullosa de la falta de movilidad social es profundamente conveniente para el poder, y el chavismo lo entendió. La gente antes podía aspirar a transformar su vida, la escalera social existía y a pesar de la desigualdad era posible pasar a la clase media, con todo lo que eso implicaba: educación superior, casa, carro, independencia familiar… Cuando comenzaron a darse cuenta de que no había nada a lo cual aspirar, de que incluso ganando el mejor sueldo posible no se podía acceder a nada que transformara la vida, sea por la inflación o la escasez, comenzó la masificación del orgullo en la pobreza, o mejor: el orgullo en la roncha, en pasarla mal, en sufrir.

En Venezuela se piensa que sufrir tiene valor. Las raíces de esto probablemente tengan que ver con el catolicismo y seguramente se encontrarán también en muchos otros países, pero el nivel ponzoñoso, masivo y malintencionado con el que se manifiesta en Venezuela solo puede ser fruto de un cálculo político victorioso. Para mí es bastante claro que donde sea que hay gente sufriendo el chavismo convierte a la miseria en el símbolo de una identidad compartida de la que deben enorgullecerse los que sufren.

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